San José Gregorio

POR JUAN GUERRERO - OPINIÓN - 18 AGO 2016, 8:46 A.M.

Esto de la beatificación del doctor José Gregorio Hernández ya parece un cuento de nunca acabar. Tengo tiempo pensando en el asunto y sus múltiples implicaciones.

  Hace unos años mientras visitaba, junto con el escritor y pintor Carlos Yusti, a nuestro apreciado amigo, el poeta y pensador Abraham Salloum Bitar, la conversación que tuvimos se fue por los lados santorales.

   Nos preguntábamos cuál era el problema de la no aceptación de nuestro popular médico para entrar al cerrado y tan excelso y exquisito paraíso celestial. ¿Acaso era probar y comprobar milagros? Otro indicaba la suspicacia a partir de la cual en su juventud hubiera cometido algún pecadillo. Quizá un extravío y desliz  amoroso.

   Porque la verdad que este candidato casi eterno a la santidad católica, apostólica y romana tuvo enamoradas, y muy probablemente él también volteó a ver algún picón de muchacha caraqueña. Y esto porque a su regreso de Europa se estuvo más de una vez frecuentando las tertulias musicales en las veladas que se hacían en las casonas caraqueñas de principios del siglo XX.

   Tocaba Goyo el violín y el piano de manera excepcional. Era agraciado y de dulce timbre de voz. De modales suaves y además, muy discreto y de buen vestir. Acostumbraba José Gregorio asistir, con sus amigos Santos y Pedro César Dominici, aún olorosos a suelo europeo, a casa de Bartolomé López de Ceballos, donde se tertuliaba y se ejecutaban los instrumentos musicales, mientras las agraciadas señoritas mostraban sus madrigales y hasta sus registros mortuorios ensonetados. 

   Y en esto último fue donde finalmente dimos con la respuesta. –Es que José Gregorio aparece en todas las imágenes con tremendo traje “prêt-à-porter” sentenció el poeta Abraham. Además, señaló Carlos. –Ese sombrerito no lo tiene ningún beato ni santo alguno. –Toda esa gente que canonizan parecen unos zaparrastrosos. Todos harapientos y lagañúos. 

   Cunde en todos ellos la sangre, el agudo dolor, las llagas y el sufrimiento parejo. –Con razón le tienen negado al pobre Goyito el cielo eterno, comentó Carlos con sabrosa sonrisa. 

   Y es que la envidia también parece ser cosa sagrada. Existió entre los mismísimos dioses del Olimpo helénico y “con timás” entre los silvestres mortales. 

   Si observamos al llamado médico de los pobres nos vamos a dar cuenta que nuestro candidato a santo, el beatísimo José Gregorio Hernández, aparece todo bien aseado. Bien peinado. Con su bigotico delineado y su sombrerito púlcramente colocado.

   Después, su traje listo y hecho a la medida. Casi de “Haute couture” con pliegues del pantalón que caen de manera impecable, mientras los ruedos terminan mostrando unos zapatos absolutamente lustrados. Casi parecen unos espejos. Todo en él brilla. 

   Además, sabiendo que fue un excelente científico, músico virtuoso y destacado hombre público. Su hoja de vida es intachable. 

   Los tres coincidimos en ello. Además, recuerdo que indiqué: -Para nosotros, los venezolanos, desde hace años ya José Gregorio Hernández es santo. Santo por tanta gente que afirma haberse curado, sanado por su invocación. –No nos hace falta que desde el Vaticano vengan a oficializar su santidad. La gente lo cree y lo sabe santo y eso es más que suficiente. –Le sobran las velas y los velones.

   Y es verdad. Esto de estar esperando que una comisión se pase media vida y más, revisando documentos, registros y devotos atestiguando, mientras en su pueblo las placas colocadas en los muros y paredes de su lugar de residencia, se cuentan por cientos de miles, es muestra del fervor a un hombre pío.

   La envidia a José Gregorio Hernández, el primer santo venezolano, es, seguramente la razón por la cual aún se le mantiene marginado. Otros, con mayor suerte o influencia, como el papa Juan Pablo II o Teresa de Calcuta, apenas fallecieron, les dieron de inmediato “el pase” a los cielos.

   ¿Acaso esa comisión miró a otra parte cuando se insinuó alguna información sobre Teresa y sus finanzas, que provenían de orígenes no tan santos? O los intensos amores del papa en sus tiempos de actor en comedias teatrales.

   En fin, que la envidia que le deben tener a José Gregorio en los cielos y en la tierra, son bárbaros. 

   Hasta en eso somos diferentes los venezolanos. Con santos bien vestidos, peinaditos y perfumados.

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