Lenguaje y populismo

POR JUAN GUERRERO - VENEZUELA - 02 FEB 2017, 7:51 A.M.

   Hace unos días mi amigo Andrés, me envió un cartel con una imagen de cuatro presas políticas de este régimen. Debajo del cartel, coloca un mensaje: “¿Triste por la venezolana que no clasificó en el miss universo?” Le respondo, indicándole que su escrito es de una visión populista (maniquea y estereotipada) del Poder y de la política. Me responde: “-Ve y dile eso al familiar de cualquiera de los presos políticos”

   Unos días después, en una asamblea de vecinos, sobre la campante inseguridad, una vecina toma la palabra y confiesa: “-Nos reunimos con los directivos de los consejos comunales de las invasiones que están pegadas a nuestra urbanización. Les describí la vez cuando me asaltaron, amordazaron y robaron casi todo. Ahí estaba la jefa de la UBCH (Unidad Bolívar-Chávez) de la zona. Su respuesta, fue: -Si no quieres que te sigan robando, múdate”

   Lo anterior es indicativo del tiempo que vivimos. Y este no es otro que la triste realidad de una sociedad discursivamente populista, donde toda comunicación se maneja sobre los extremismos del lenguaje maniqueísta, simple y ramplón.

   Recuerdo años atrás cuando discutiendo con un militar, oficial recién retirado y furibundo seguidor del difunto presidente, me sentenció: “O estás con Chávez o estás contra Chávez”.

   El populismo es el gobierno de la barbarie y de los bárbaros encorbatados, y es tanto una manera elemental de pensar como también una estrategia política de lucha y permanente movilización de “masa” (-pues no son consideradas personas), usado tanto por grupos de izquierda como de derecha.

   Lo trágico de esto es que forma parte de nuestra cotidianidad y se manifiesta en una manera de pensar, comunicar y actuar (ética), que parece natural y característico de nuestra manera de ser.

   Pero lo trágico, lo peligroso y aberrante de ello es que por años hemos sido “educados” por discursos e imágenes que han nutrido todo un aprendizaje que nos ha llevado a esto que somos en la actualidad: una sociedad absolutamente informal (peyorativamente hablando) donde todo pasa por el tamiz de la emocionalidad de los aparentes razonamientos.

   Y ese es uno de los rasgos del lenguaje populista. La exacerbación de las emociones en contraposición a los razonamientos reflexivos.

   Lo otro son los discursos basados en intuiciones, suposiciones y prejuicios, que desembocan en la construcción de estereotipos, clichés, donde se simplifica el análisis de las argumentaciones y se concluye en la distorsión de la realidad, para finalmente caer en los juicios de valor predeterminados, absolutamente banales, despreciativos y condenatorios de la condición humana del Otro, generalmente diferente.

   Con la simplificación de ese lenguaje se van caracterizando personas y grupos humanos (-zonas de silencio, nos llaman y califican quienes distribuyen las bolsas-clap) para destacar diferencias-defectos, y posteriormente estereotipar y estigmatizar. Esa es parte de la terrible humillación a la que está siendo sometida la sociedad venezolana.

   La mentalidad populista no reflexiona, solo actúa. Y tanto mejor para gobiernos y regímenes soportados en las estrategias populistas, como la venezolana, donde la obediencia a un caudillo simplifica todo razonamiento y argumentación lógicas, para ajustar la vida a la trivialidad de las alegrías periódicas de la excesiva y apabullante propaganda de Estado.

   La formación de estas nuevas identidades políticas pasa, precisamente, por la negación de la política y sus actores, como agentes válidos para lograr cambios significativos. Por el contrario, el discurso populista, como lenguaje del resentimiento y odio sociales, descalifica esta profesión, despreciando su profesionalización. Para ello opone el concepto y la promoción del “pueblo como agente de cambio histórico” descalificando el desempeño académico y serio de esa actividad.

   Peligroso además, entender los vericuetos del populismo cuando este viene siendo promovido desde el Estado, secundado por figuras influyentes, como Francisco I, jefe de Estado del Vaticano (-no se olvide su pasado como parte del movimiento de la Teología del Pueblo, en Argentina) o absolutamente riesgosas, como el actual liderazgo de Trump, para recuperar espacios dentro del populismo progresista de derecha.

   En ambos extremos es el lenguaje y la construcción de sus comportamientos, principios y valores, eso que los une y simplifica.

   Solo aquellas sociedades que estructuran modelos serios, abiertos y sólidos en la promoción de la Educación, pueden ofrecer a sus ciudadanos la oportunidad de liberarse de los populismos extremos y sus caudillos acomplejados y vengativos.

 

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

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