¿Marxismo Cristiano?

POR POR LA CONCIENCIA - OPINIÓN - 27 FEB 2017, 7:40 A.M.

Amar es lo contrario de utilizar.

– Juan Pablo II

 

 

Desde su muy célebre frase ‘la religión es el opio del pueblo’, que forma parte de la obra ‘Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel’, Karl Marx establece de modo inequívoco y definitivo su oposición a todo fenómeno religioso. En la misma página, el fundador del llamado ‘Materialismo Dialéctico’ agrega:

“Se necesita la abolición de la religión, entendida como felicidad ilusoria del pueblo, para que pueda darse su felicidad real”.

A partir de allí, todas las corrientes derivadas del marxismo llevan en su médula un principio antirreligioso y anticlerical, generalmente básico y poco elaborado, pero sólido y recalcitrante. No se trata de una crítica seria  y fundamentada, porque pocos marxistas han estudiado el fenómeno religioso o el cristianismo:  les basta con la afirmación del ‘Gurú’ para aceptarla como dogma y descartar cualquier idea distinta sobre el tema.

Marx, en efecto, era un hábil fabricante de aforismos que, a modo de eslóganes publicitarios, sirvieron para difundir mundialmente sus teorías y penetrar en la cultura de una época de acelerada transformación, ávida de protesta y de lemas incendiarios que ‘iluminaran’ la oscura escena de un siglo que buscaba su identidad pasando de una a otra guerras mundiales, a cual más terrible y más sangrienta.

Pero la negación de lo religioso y lo spiritual está en la esencia, en el ADN del marxismo y de las ideologías políticas derivadas, que se autodenominan de ‘izquierda’.

Con la transformación que se produce a partir del desmoronamiento de la Unión Soviética, los izquierdismos sobrevivientes, que ya no necesitaban seguir los lineamientos de Moscú, pueden dar rienda suelta a su oportunismo inherente y adoptan multiformes variantes de discurso que incluyen  a sectores de seguidores potenciales que profesan creencias religiosas y que convienen a las estrategias cuyo único fin – que justifica todos los medios- es el poder.

De este modo, aparecen  ‘izquierdas cristianas’ y  ‘teologías de liberación’ de toda clase, en la que se mezclan, como en vitrina de cambalache, los pensamientos de Marx, Lenin, Mao, Trotski, etc. con palabras provenientes del Evangelio, dando a entender que las dos fuentes son una sola o que, al menos, no son incompatibles.

Las enseñanzas de quien dijo ‘Mi reino no es de este mundo’ (Juan 18:36) se convierten así en herramientas ideológicas para la lucha política de inescrupulosos ‘lideres’ que prometen paraísos terrenales mientras construyen infiernos de opresión en los que puedan eternizarse en un autoritarismo sin límites.

Esta es, a muy grosso modo, la manera en que los náufragos del marxismo utilizan la tan denostada religión como tabla de salvación para vender su opio ‘revolucionario’, esta vez real y no metafórico, destilado y distribuido como narcótico de diversas denominaciones.

Porque si la llamada revolución hace las paces con lo religioso, no le cuesta mucho tampoco aliarse con el narcotráfico y la delincuencia común con tal de ‘redistribuir’ la riqueza: todo para ellos, nada para nadie más.

Así – como diría el mismo Hegel- el marxismo se vuelve visiblemente lo que era ya esencialmente: un método político para que una minoría de desalmados llegue al poder y se quede allí para siempre.

Desalmados de hecho y de convicción, que prefieren  salvar el pellejo aunque pierdan el alma, ya que para ellos no existe.

Del lado del  cristiano, que como tal cree que los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados (Mateo 5:6) la infiltración marxista disfrazada de lucha contra las  desigualdades, puede pasar desapercibida o verse como una gesta admirable contra un sistema que tiene al dinero como único valor social.

Para no ser tildados de ‘derechistas’ y comparados con dictadores como Hitler, Videla o Pinochet, se afilian a las corrientes llamadas progresistas, que parecen mostrar mayor sensibilidad social que los mismos creyentes aunque se autodenominen ateos o agnósticos ,  por no hacer evidente su total desconexión con la antigua confesión marxista de sus lejanos orígenes.

La dicotomía es un espejismo: no hay dictadores buenos y poco importa si se dicen marxistas o antimarxistas. Hitler, epítome del fascismo, se autodenominaba nacional-socialista ( de allí la palabra ‘nazi’) y no se diferencia de Stalin más que en la metodología de su genocidio, ambos similares en propósito y magnitud.

El problema está en que los falsos profetas que fueron anunciados ya llegaron, y están aquí, gobernando naciones en nombre de los pobres, en nombre de la justicia y hasta en nombre de Dios.

Porque también los fundamentalistas islámicos se alían con los despojos de la  izquierda, con los militaristas de derecha reciclados y con los narcotraficantes ‘pacificados’ para buscar poder a través de su mezcla de atentados suicidas, machismo criminal y asesinatos en nombre de Alá.

Poco importa si se dicen de izquierda o de derecha, si se proclaman socialistas o capitalistas.

Inclinarse por unos para atacar a los otros favorece a todos ellos:  hay solo una manera de diferenciar a quienes aman a sus semejantes de quienes proclaman amor para servirse de ellos y esclavizarlos : por sus frutos los conocerán (Mateo 7:16)

Pablo Brito-Altamira

 

@Xlaconciencia

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