Reivindicando a Malaparte / Adriana Vigilanza @adrianavigi

POR POR LA CONCIENCIA - POLÍTICA - 25 APR 2017, 7:16 A.M.

 

El término “Coup d’Etat” (“Golpe de Estado”, en francés), se remonta a la Francia del Siglo XVII. Se usó entonces para referirse a una serie de medidas violentas y repentinas, tomadas por el Rey, sin respetar la legislación, ni las normas morales, para deshacerse de sus enemigos, cuando el Rey mismo consideraba que eran necesarias para mantener la “seguridad del Estado” o “el bien común” (Ver https://www.ecured.cu/Golpe_de_Estado). En este sentido original, el concepto era muy similar a lo que hoy, en lenguaje coloquial (y lamentablemente, hasta académico), se denomina “auto Golpe”, es decir, el desplazamiento de ciertas autoridades del Estado, por parte de la autoridad suprema.

Esta característica de ser los titulares del poder quienes pueden ejecutar un “Golpe de Estado”, está presente también en la definición del insigne catedrático español, Nicolás Pérez Serrano, quien en 1936 asumió la Secretaría del Colegio de Abogados de España, pasando luego a ser preceptor en los estudios de Derecho Político del Príncipe Don Juan Carlos de Borbón. En su ya clásico libro “Tratado de Derecho Político” (publicado en 1976, quince años después de su muerte, pues no quiso publicarlo en vida), este experto constitucionalista español, dice:

“(…) Constituye el golpe de Estado un suceso político que modifica violenta, brusca e ilegalmente el régimen jurídico establecido y cuyo agente no es el Pueblo sino la Autoridad, depositaria del Poder. Pudiera decirse que es una revolución, hecha por los imperantes, aunque ello exigiría aclaraciones. Lo esencial es que, al margen del Derecho, que no puede prever, ni regular, ni menos consentir su aparición, se produce un movimiento de origen no popular, en el que propio Jefe del Estado o autoridades supremas y caracterizadas de él, se apartan de la legalidad y alteran perentoriamente las instituciones fundamentales. Podrá no hacerse uso material de la fuerza; pero será porque haya bastado para vencer resistencias con la simple amenaza de emplearla (...). Y, sobre todo, el síntoma patognomónico (ya que de Patología política hablamos) radica en ser los titulares del poder los que lo esgrimen y utilizan para derrocar la estructura a que servían (…)” (PEREZ SERRANO, Nicolás: “Tratado de Derecho Político”. Segunda Edición. Editorial Civitas. Madrid 1984. Página 420).

Una brillante antropóloga venezolana, Elizabeth Burgos, analizando el célebre libro "La técnica del Golpe de Estado", escrito en 1930 por Curzio Malaparte (cuyo verdadero nombre era Kurt Erich Sucker, pero escogió ese pseudónimo como un juego de palabras frente a “Buonaparte”, en referencia a Napoleón Bonaparte), dice:

"(...)  Malaparte concluye que (…) Para Lénin se debía contar con el avance revolucionario de todo el pueblo, en cambio Trotski consideraba que todo el pueblo era demasiado para la insurrección: lo que se necesita es “una pequeña tropa, fría y violenta, entrenada para la táctica insurreccional (…) el célebre clásico ha servido de fuente de inspiración, de guía teórica, a los idolatras del Estado centralizador, autoritario, antiliberal, antidemocrático. Libro de referencia de Fidel Castro y por ende de la generación golpista que surge en Venezuela en 1992 amparada en el epíteto de bolivarianos (...). Hasta ahora los analistas han prestado poca atención a la vertiente técnica del chavismo, disimulado bajo la fachada del bolivarianismo. Tanto los intelectuales identificados con el régimen, como los que lo adversan, se han centrado, los primeros, en buscarle una legitimidad teórica a la propuesta del llamado “Socialismo del siglo XXI”, los segundos, en el debate ideológico y en la denuncia del fracaso del socialismo del siglo XX. Ni los unos ni los otros se han percatado de que lo que se ha estado dando en Venezuela bajo la máscara de un debate de ideas, es el despliegue de una técnica al servicio de un táctica insurreccional, que tenía primero como objeto ampararse del Estado, y luego la preservación del mismo de forma vitalicia.” (Ver: http://webarticulista.net.free.fr/eb200716022323+Elizabeth-Burgos+Curzio-Malaparte.html). Resaltados nuestros.

 

Malaparte también explica cómo Napoleón Bonaparte se sirvió del ejército como un instrumento legal en la conquista del Estado, "(...) lo que sería una manera de conciliar el empleo de la violencia, observando la legalidad, para llevar a cabo una revolución parlamentaria. Esta sería la novedad aportada por Bonaparte a la técnica del golpe de Estado, lo que hace de éste, el primer golpe de Estado moderno. El Parlamento acepta el hecho consumado y legaliza formalmente el Golpe de Estado, decretando así su propio fin (…)”. (Elizabeth Burgos, 2007). Esto es, exactamente, lo que había venido ocurriendo en Venezuela, desde la propia Asamblea Nacional Constituyente, de 1999, mediante la cual el castro-comunismo se apoderó de todas las instituciones democráticas, hasta que la oposición logró la mayoría calificada en ese cuerpo, a finales del 2015; entonces, el Presidente reaccionó, ordenando al Tribunal Supremo que nombró la anterior Asamblea chavista sin seguir el procedimiento constitucional, la total anulación de las competencias de un parlamento electo por la mayoría en elecciones (que tampoco fueron elecciones auténticas. Baste mencionar que la mayoría calificada de 112 diputados se logró de madrugada y bajo el influjo de “fuerzas” ajenas a la mera voluntad del pueblo, mientras durante la noche los informes daban 12 y, luego 116 diputados, a la oposición).

Es obvio que el chavismo hizo uso de la técnica descrita por Malaparte, seguramente instruidos por Fidel Castro. Cosa que ya varios renombrados catedráticos de Derecho Constitucional venezolano venían advirtiendo. Principalmente el hoy exiliado y Profesor de muchas promociones de abogados venezolanos (entre las cuales nos encontramos), Allan Brewer-Carias, quien afirma que Chávez acabó con las instituciones, no ya a través de las armas, sino a través de su inconstitucionalmente convocada y mucho peor electa, Asamblea Nacional Constituyente, de 1999. (Ver: A Brewer Carias /Discurso). Otros constitucionalistas, como Gerardo Blyde (hoy Alcalde de Baruta),  Marisol Sarria, Carlos Ramírez y Gustavo Briceño, llegaron a idéntica conclusión, respecto el carácter inconstitucional –insurreccional- que tuvo la Asamblea Constituyente de 1999. Este último incluso concluyó que “(…) En Venezuela, hay golpes de Estado, desde el Estado, casi todos los días (…)”. (Briceño, Gustavo: “Una Carta para la Democracia”. Editorial Jurídica Venezolana. Caracas, 2012. Página 203)

 

El olvido sobre el sentido original de “Golpe de Estado”, implícito en el “Socialismo del Siglo XXI”, se pone en evidencia en un trabajo del abogado boliviano, Javier El-Hague, ex becario Fulbright, catedrático de Derecho Constitucional en Bolivia y hoy Director Legal en Human Rights Foundation. El-Hague comienza su trabajo reconociendo que definir "Golpe de Estado" es complicado, por cuanto “(…) existen tantas definiciones de golpe de Estado como diccionarios, enciclopedias o autores se han animado a definirlo (…)”, pero concluye que:

“(...) podría decirse que se está ante un golpe de Estado cuando han concurrido al menos cuatro elementos: en primer lugar, que la víctima del golpe sea el presidente u otra autoridad civil o militar que tenga el mando máximo del Poder Ejecutivo en un país; (…)” Resaltado nuestro. (Ver: http://lahrf.com/Clausula_democratica.pdf).

El-Hague basó esa conclusión en una especie de baremo, que denominó “Elementos que aparecen en las definiciones de golpe, de acuerdo a libros dedicados exclusivamente a ese tema y a distintos diccionarios especializados” y dice que entre las características presentes en esas definiciones, la nota más repetitiva es la de ser el Presidente del Estado, la víctima. Incluye a Malaparte como uno de esos autores que tiene al Ejecutivo, como víctima, pero hasta dónde hemos visto, es al revés, es decir, ese autor tiene al Ejecutivo, como victimario. No obstante, es cierto que en la actualidad se ha terminado invirtiendo el significado original de la expresión “Golpe de Estado” y el Poder Ejecutivo ha pasado de ser el trasgresor, a convertirse en la única “víctima” posible, de ese Golpe.

Aunque la disolución del Parlamento venezolano por el inconstitucionalmente nombrado Tribunal chavista, por fin detonó la idea de Golpe de Estado en nuestros políticos y en la comunidad internacional, la celebración de elecciones bajo el “arbitro” chavista (Consejo Nacional Electoral), no puede ser el único remedio que propongan ambos. Muchísimo menos sería conformarse con elecciones a Gobernadores y Alcaldes, porque a ellos el chavismo ya les quitó todas las competencias, como lo hizo ahora con la AN (Ver: http://www.eluniversal.com/2010/05/30/pol_art_el-proximo-ano-gobe_1919235.shtml). Las elecciones solamente servirán si la OEA está dispuesta a escuchar y apoyar a las ONG que conocen el sistema electoral y saben dónde están las fallas (los partidos políticos obvian esto, por múltiples razones que no viene al caso comentar aquí) y acompaña activamente a los venezolanos, brutalmente amenazados por paramilitares chavistas, amparados por sectores militares.  El llamado es a elecciones auténticas, es decir, libres, transparentes y generales (a Maduro aún se lo puede revocar), con un árbitro electoral distinto al que ejecutó uno de los Golpes de Estado, al evitar el revocatorio en 2016. Además de fuertes presiones para el desarme de los “colectivos” paramilitares, llamados a los militares y supervisión cercana del proceso.

Adriana Vigilanza

Abogada experta en tributos y descentralización fiscal. Con postgrado en la Universidad Central de Venezuela (1989) y en New York University (1994).

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