Michel Temer no descarta ser candidato a la presidencia en 2018

Octubre 15, 2016


Es un secreto a voces que el presidente Michel Temer ambiciona presentarse como candidato a la reelección en 2018. Pero sus portavoces informales –y no tanto—se esmeran en añadir: “Sólo si despega la economía”. Hasta hace poco, en su entorno negaban que el jefe de Estado fuera a competir dentro de dos años por la renovación de su mandato. Era una de las “condiciones” que pretendía imponerle el Partido Socialdemócrata de Fernando Henrique Cardoso, a cambio de apoyar el impeachment contra Dilma Rousseff. La estrategia del PSDB podría revelarse errada.

Es que según declaraciones realizadas por Temer este sábado en la India, donde participa de la cumbre de los Brics –a quienes por añadidura les juró “amor eterno”--, nada permite suponer que el político irá a cumplir un papel “subsidiario” a cualquier candidatura que no sea la propia y, por consiguiente, la de su Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB). En un encuentro con la prensa en la localidad india de Goa, fue clarísimo: “No tenemos ninguna previsión de hacer alianzas con el PSDB (la socialdemocracia)” para las presidenciales de 2018. Cualquier idea en esa dirección, agregó, “sería extremadamente prematura”. Su ministro Geddel Vieira Lima, secretario de la Presidencia, completó: Primero tenemos que resolver los problemas del país, antes de pensar en procesos (de alianzas) electorales”.

En el PSDB “cardosista” pretenden convencer al presidente brasileño que si quiere un gobierno estable no le queda otra alternativa que contar con la socialdemocracia. “Somos imprescindibles para la sobrevida de este gobierno” argumentan los dirigentes “tucanos”. Otros son más precisos al afirmar que la alianza entre el PMDB de Temer y el PSDB de Cardoso es “fundamental” para el éxito de este gobierno y, también, para la victoria en las elecciones de 2018.

Pero semejantes declaraciones no hacen más que refrescar la debilidad intrínseca en la que se encuentra la organización socialdemócrata. No sólo porque carece de suficientes diputados y senadores como para tener autonomía. También por su propia división interna que se ha acentuado después del exitoso impeachment contra Dilma. Hay al menos tres candidatos potenciales a la presidencia en 2018: el gobernador Geraldo Alckmin, el canciller José Serra y el senador Aécio Neves. Cada uno tiene sus huestes propias y sus áreas de influencia. Ninguno de ellos está dispuesto a ceder “protagonismo” en función de la “unidad partidaria”, pobre en sustento ideológico y rica en ambiciones personales. Ante ellos, y en tono aparentemente moderado, el ministro Moreira sostuvo: “Si resolvemos la crisis económica, ahí tendremos expectativas de poder”.

Pero ¿qué significa resolver la crisis? Periodistas que acompañaban la delegación en la India le preguntaron por qué no colocaba impuestos a los dividendos recibidos por los “afortunados” que acumulan ingentes beneficios a través de sus inversiones empresariales. Le recordaron que en vez de “gravar” las fortunas, Temer optó por un tremendo ajuste fiscal expresado en el literal congelamiento del presupuesto nacional. El presidente brasileño replicó que la primera opción de su gobierno fue contener el dispendio público. Pero relativizó esa postura: “Todavía tenemos que caminar mucho y en el futuro podemos hacer otras cosas”. Más precisamente sugirió que “si hay necesidad de tasar con gravámenes a los más ricos, eso se hará”. Agregó enfático: “No hay ninguna persecución a los más pobres. Lo que hicimos es plantear el gobierno para todos los sectores”.

En verdad, si se analizan en profundidad las acciones desarrolladas por el presidente brasileño y sus acólitos, la línea no parece distante de aquella que desarrolló el ex presidente Lula da Silva en sus primeros años de gobierno. En aquella época, el ex mandatario mantuvo una estrategia de conceder beneficios a los más pobres y a los más ricos. Tenía como presidente del Banco Central nada menos que a Henrique Meirelles, el actual ministro de Hacienda. Y éste ejecuta una política si se quiere parecida: coartó, de entrada, la devaluación que se había producido durante los últimos años de gobierno de Dilma Rousseff. Al punto que la cotización del dólar cayó de 4 a apenas 3,10 reales. Esa depreciación de la divisa estadounidense, junto con la suba de los precios de las commodities, le permitieron a Lula entregar ganancias siderales a los grandes bancos brasileños. Y al mismo tiempo le dieron margen para instrumentar políticas sociales. Los tiempos no son los mismos, y eso es lo que provoca la incertidumbre entre los colaboradores de Temer. Con un diferencial: el actual presidente brasileño está dispuesto a privatizar todo lo privatizable en Petrobras.

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