El Trump Tower, epicentro de selfies, bromas y reclamos para Donald Trump

Noviembre 10, 2016

Como si fuera el Obelisco o la Plaza de Mayo, la puerta de 725 Fifth Avenue, entre las calles 56 y 57, en Nueva York, donde se levanta la ostentosa Trump Tower, se volvió por estas horas epicentro caliente de la expresión ciudadana, a pesar de los seis grados que anuncia el clima de otoño en la Gran Manzana. Con Mr. Donald Trump llevándose la mayoría de los electores, la fachada de su torre de 58 pisos con paredes espejadas de vidrio que parecen bañadas en oro, reflejan un hervidero de selfies, bromas y protestas.

A menos de 48 horas del resultado de las urnas, esta mañana, cerca de las 10, cuando a tres cuadras de aquí ya se habían agotado todos los Iphone 7 que despacha el Apple Store de Quinta y 59 St., la muchedumbre se agolpaba frente al vallado de la Trump Tower, con mármoles rosas y cascadas. La mayoría son turistas ávidos de capturar un foto. Comparten la calle con altos ejecutivos y señores de negocios que caminan apurados, o al menos lo intentan, en sus trajes achupinados y zapatos puntiagudos color suela.

Mientras tanto, un par de policías empuña el megáfono para pedir a los gritos a la multitud “cazafotos” que tome la imagen y siga circulando. Aquí no se joroba con la tentación de obstruir el paso. Dentro del corralito reservado para los movileros de todas las cadenas de televisión del mundo, los cronistas “oficiales” hacen lo que pueden y saben que mientras transmiten también están siendo fotografiados por los turistas y transeúntes. La Trump Tower emerge arrogante en la vereda de enfrente. Nadie puede pisar esa acera, a menos que se se las vea cara a cara con una custodia de cinco agentes con casco y fuertes armas largas. La postal queda flanqueada a la izquierda por la distinguidísima Tiffany & Co y a la derecha otro pope de la moda, la tienda Gucci.

En esta suerte de cambalache americano, todas las expresiones valen. Esta mañana una rubia voluminosa y curvilínea, con capelina y tacos charolados, sonreía para los flashes enfundada en un ajustado vestido que llevaba impresa la cara de Hillary, archirrival del millonario magnate inmobiliario. El rostro de Mrs. Clinton cubría sin pudores el área del busto del vestido, y también el trasero. 

La performance caricaturesca cambiaba el tono al gesto adusto de un puñado de inmigrantes que anoche, posterior al escrutinio, sostenía carteles que en inglés alegaban: “Usted no es nuestro presidente”, “Soy una inmigrante”“Llevamos cuatro años de lucha”.  Mujeres y niños, con caras serias y tristes levantaban las cartulinas, también para las fotos. Unos pasos más allá, dos jóvenes de raza negra mostraban otros letreros, en total oposición: “Señor Donald Trump, gracias por adelantado por parar a los Clinton de re-entrar a la Casa Blanca. Ellos pretendieron asistir a Haití, luego del terremoto, pero en su lugar se robaron del país billones de dólares”. Y otro que esgrimía la fórmula Trump-Pence (vice) y que decía: “Make America great again” ( “Haga grande a América otra vez”). Una señora afro se enfrentó a viva voz con ellos, al mejor estilo Hollywood, mientras los turistas apuntaban entre fascinados y perplejos con sus teléfonos el triste espectáculo de ciudadanos discutiendo por quién va a defender sus derechos.

Mientras tanto, el resto de la Gran Manzana parece seguir con su ritmo habitual. Nadie se inmuta demasiado con los vaivenes políticos. Eso sí, mientras los pasajeros bajaban ayer de madrugada del avión que los traía de Argentina y de Brasil, ya en la cola del sector inmigraciones del aeropuerto JFK, algunos se animaron a preguntar a los agentes tan serios, lo que nadie había podido averiguar en el universo cerrado del Boeing.“¿Quién ganó?”, interrogóun señor a la oficial que organizaba la fila para poder entrar a la tierra del American Dream.“Trump”, deslizóa secas la dominicana y completócon un gesto mudo y por demás elocuente: pasó el dedoíndice por su pescuezo, como cortando su garganta. Y sacóla lengua.

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