El cangrejo gigante que trepa a los árboles y podría luchar con un caimán

Noviembre 23, 2016

Su cuerpo mide unos 40 centímetros, la envergadura de sus patas es de aproximadamente un metro y puede pesar hasta 40 kilos. Se trata del cangrejo de los cocoteros, el crustáceo más pesado de todos los que viven en la actualidad. Su nombre científico es Birgus latro, aunque también se le conoce como el cangrejo ladrón (de ahí lo de latro). Un apelativo que se ha ganado por su afición a hacerse con objetos brillantes de todo tipo, desde piezas de cubertería a envases metálicos, que sustrae de las casas o tiendas de campaña que se ponen a su alcance. Y es que este cangrejo en su vida adulta es terrestre y ha perdido su capacidad de vivir en el agua.

Como curiosidad, se dice que puedo ser precisamente este cangrejo el que devolvió a San Francisco Javier un crucifico que había perdido en el mar. Al parecer el crustáceo emergió del agua con el brillante objeto en sus pinzas y se acercó al jesuita navarro, que pudo recuperarlo.

Aparte de las leyendas, estos crustáceos pueden levantar hasta 29 kilos de peso. Pero lo realmente sorprendente de este «animalito» es la fuerza que puede llegar a ejercer con sus pinzas, como acaba de descubrir un estudio publicado en PLOS. Al parecer, este cangrejo puede pinzar con una fuerza equivalente a más de trescientos kilos. Lo que supera la presión ejercida con muerde cualquier animal terrestre, y solo la supera las temibles mandíbulas de un caimán. Afortunadamente en la mayoría de los casos solo utiliza sus pinzas para romper los cocos, de los que se alimenta. Pero no hay que confiarse, porque ocasionalmente puede hacer frente a algún humano si se siente hostigado.

No es de extrañar que pueda vivir entre 30 y 60 años. Aunque su carne, muy parecida a la de las langostas, es muy apreciada en la zona donde habita, a lo largo del océano Índico y el Pacífico occidental. La mayor población y mejor conservada se encuentra en la isla de Navidad en el océano Índico, y existen colonias importantes en las islas Cook del océano Pacífico.

Se alimenta fundamentalmente de frutos, y entre estos prefiere los cocos, a los que accede trepando por las palmeras. Puede hacerlo gracias a su segundo par de patas, que le permiten subir a más de seis metros. Pero a la hora de alimentarse no hace remilgos a nada y es todo un oportunista. Puede comerse los cadáveres de otros animales o incluso puede cazar algún animal lento que se despiste. Además tiene una excelente «nariz», que le permite detectar olores a grandes distancias. Le atrae especialmente el olor a carne asada, bananas y cocos.

Otra curiosidad es su cortejo. Los ejemplares masculinos miden sus fuerzas con la hembra, a la que en un combate de lucha libre intentan tumbar. Si lo logran, han encontrado pareja. Si no, tendrán que seguir partiendo cocos hasta para aumentar fuerza. Un mecanismo evolutivo que probablemente asegura a las hembras que escogen como pareja a los cangrejos más fuertes.

Después de al fecundación, la hembra pone los huevos que adhiere a su abdomen, donde los lleva unos meses. Entre octubre y noviembre, la hembra deja las larvas (zoeas) en el mar durante la marea alta. Un «ritual» colectivo que tiene lugar en la misma noche, saturando la playa de animales.

Los pequeños cangrejos de los cocos viven en el mar un mes. Luego salen a tierra y pierden sus capacidad de respirar bajo el agua, por lo que viven en madrigueras que cavan ellos mismos o en grietas de las rocas. Los jóvenes se apoderan de una caracola, en la que se introducen, dejando sobresalir solo las patas y la cabeza. Este «traje» les sirve armadura hasta que desarrollen un caparazón duro. Por eso se les conoce también como cangrejos ermitaños.

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