La isla del plástico: cómo estamos convirtiendo un paraíso en un cementerio

Diciembre 01, 2016

La distancia con la humanidad se hace mucho más grande cuando uno está parado en la arena blanca de esta diminuta isla del Pacífico.

El atolón de Midway (también conocido como Islas Midway) es el pedazo de tierra más alejado de la civilización y su bombardeo constante de ruido e información.

Pararse en la orilla más remota de la isla trae calma y humildad... hasta que miras hacia abajo y te encuentras con tus pies.

En la playa yacen un casco de moto, la cabeza de un maniquí, el mango de una sombrilla y unas sandalias. No cayeron de un avión ni llegaron en barco, ni hay ninguna persona que viva acá y pueda haberlas abandonado.

Más de cinco billones de piezas de plástico están ya en los océanos y, para el 2050, habrá más plástico en el mar que pescados, por peso, según la Fundación Ellen MacArthur.

Más de 8 millones de toneladas de plástico llegan al océano anualmente y la situación empeora cada año. Se dice que los estadounidenses utilizan 2,5 millones de botellas de plástico por hora.

Nada de esto es una emergencia hasta que sientes que te quema o hasta que ves las luces rojas. Pero el impacto del plástico ya está ahí, enfrente tuyo.

Midway está fuera de nuestra vista, pero en realidad está en la primera línea de combate. La isla que albergó la batalla decisiva que le dio la vuelta a la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico a favor de Estados Unidos, libra una nueva pelea.

Debes volar a Midway en la noche. Solo en ese momento los millones de pájaros que habitan en la isla en temporada alta dejan libre la pista de aterrizaje. Solo podemos llegar aquí con permiso del gobierno de Estados Unidos y con la ayuda de un jet privado.

El olor te pega primero y se mete en tu garganta. Es el olor de la decadencia, el olor de miles de cuerpos de aves que se están descomponiendo. Parte de esto es la naturaleza: CNN visitó la isla en junio, la época del año en la que el albatros de Laysan abandona a sus polluelos, que deben aprender a volar, o morir.

Pero parte de esto también ha sido construido por el hombre: cuando abres las frágiles capas torácicas de las aves que no sobrevivieron -algo que el océanografo Matthew Brown hizo en frente de nosotros-, se vuelve visible la enorme cantidad de plástico que desperdiciamos en el mundo.

Dentro del pequeño esqueleto de un albatros encontramos tapas de botellas y un encendedor de cigarrillos, metidos entre diminutos fragmentos de plástico que parecen interminables. Es como si el plástico hubiera sido la dieta del pájaro, su comida preferida.

Esos fragmentos de plástico de colores brillantes fueron sacados del mar por los padres del albatros, que los confundieron con comida y se los dieron a su descendencia. Los pájaros no pueden digerir las piezas de plástico pero igual se sienten llenos, lo que les causa malnutrición e incluso la muerte, de acuerdo con investigadores.

Los voluntarios han tratado de limpiar Midway; el enorme basurero de plástico que espera en la pista para ser recogido es una evidencia de ello. Pero es casi imposible, dado que buena parte de esa basura plástica llega a las costas diariamente, sin mencionar las cinco toneladas de plástico que los pájaros que vuelan sobre la isla acumulan en sus estómagos cada año, según Brown.

La Isla del Este está hoy plagada de diminutos fragmentos de plástico. Las aves mueren y se descomponen, pero el plástico que han consumido se quedará para siempre en la arena. Midway probablemente desaparezca por el aumento del nivel del mar antes de que el plástico se degrade.

Estos son los clásicos "escenarios de canarios en una mina de carbón" de los que habla Brown, quien trabaja para la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés).

"Este es un animal que depende por completo del océano para su supervivencia, así como 3.000 millones de personas lo hacen. Si sus hijos, sus polluelos, están siendo tan impactados por el plástico, es una señal de lo que nos espera".

Buena parte del daño es invisible. Si te arrodillas en Midway y pones tu mano en la arena caliente, puedes sacar un preocupante conjunto de partículas multicolores de plástico. Esto es lo que los activistas llaman la "nueva arena", plástico que se descompuso en diminutas piezas y que pasan a ser parte de la costa.

Estas pequeñas partículas son las que terminan en la cadena alimenticia. Las más diminutas, llamadas nanoplásticos, se hunden en lo más profundo del océano y pueden terminar en el plancton.

Las piezas que son un poco más grandes, conocidas como microplásticos, flotan en el agua y son comidas por peces, que a su vez son engullidos por superpredadores que están en lo más alto de la cadena alimenticia, incluyendo los humanos y algunos tipos de focas.

La bióloga marina Jessica Bohlander, también del NOAA, asegura que "algunos animales individuales tienen altos niveles de microplásticos, sobre todo los machos adultos".

La ingestión del plástico puede causar problemas reproductivos en esas focas y entre más grande es el animal, más grande es la concentración de plástico. "Es muy preocupante", asegura.

La comida de mar es esencial para la vida humana, pero hay evidencia cada vez más fuerte de que los peces prefieren comer plástico y no comida.

Científicos suecos demostraron hace poco que algunas especies criadas en el agua y que contienen microplásticos "solo comen plástico e ignoran sus fuentes naturales de comida de zooplancton". Esa dieta de plástico, según su investigación, retrasa el crecimiento de los peces más jóvenes, reduce su posibilidad de incubar y causa comportamientos anormales.

También hay evidencia de que el plástico es perjudicial para los humanos. El gobierno de Estados Unidos asegura que el estireno -uno de los ingredientes fundamentales del plástico- es posiblemente carcinógeno en los humanos.

Un estudio encontró que los desechos marinos causados por el hombre pueden causar un "daño físico" en humanos, a través de la comida de mar. Otro estudio calcula que los europeos que comen mariscos pueden estar expuestos a unas 11.000 piezas de microplástico cada año.

Lo que la ciencia todavía no ha podido comprobar es si el plástico de los peces que comemos afecta directamente nuestra salud. Pero las investigaciones se están acercando a ese punto y las preocupaciones del gobierno están creciendo.

Y Midway es uno de los ejemplos que están llevando a que aumente la preocupación.

Matthew Brown me dijo que ya no come tanto sushi como solía hacerlo. "Los plásticos también atraen otros contaminantes, así que si comes comida que tiene pedacitos de rojo y de azul ahí dentro, esos están atrayendo otros contaminantes en el océano. Eso tiene un impacto real en nuestra fuente primaria de comida".

Tomamos un bote para salir de la isla, hacia el arrecife de coral que lo rodea. Allí se puede sentir el increíble poder de la naturaleza.

Cerca del arrecife vimos algo mucho más preocupante que las botellas que observamos flotar en el agua. En una de las entradas había una especie de sopa de diminutas pelotas blancas. Un pedazo enorme de un empaque de poliestireno extruido estaba allí, dando vueltas y descomponiéndose poco a poco, muy lentamente. En ese líquido denso había una tapa de botella, una pluma y mucha mugre. Podías nadar hacia allí fácilmente y dejar que tu cabeza emergiera en la mitad de todo eso.

Los signos de resiliencia y resistencia de la naturaleza abundan, pero el descuido de los hombres ya ha ocupado un espacio visible y, tal vez más grande, uno invisible. Simplemente no sabemos lo que hasta ahora hemos hecho.

La parte más difícil de nuestro viaje a Midway es la impotencia con la que nos dejó. El daño allí comienza con unas elecciones -y con basura- que hicimos hace varias décadas. Y el problema está creciendo, no disminuyendo, a medida que la humanidad se vuelve cada vez más consciente de la necesidad de cuidar el medio ambiente.

Detener el caudal de basura que nos inunda requerirá de un cambio muy grande en el comportamiento diario de 7.000 millones de personas.

China, Indonesia, Filipinas y Sri Lanka son considerados los cinco mayores infractores en lo que tiene que ver con la polución plástica, según un estudio publicado en la revista Science y seguro se tiene más éxito en decirle allí a la gente que deje de utilizar envases plásticos, que si se hace en Estados Unidos. Hagan la prueba con esta frase: "Lo siento, no puedo darle ese café porque no ha traído su vaso reutilizable".

¿Qué podemos hacer? Muy poco, a menos de que todos hagamos algo. Puedes empezar por traer tu propia botella de agua al trabajo o un tenedor reutilizable al café o por insistir en empacar cada vez menos cosas en bolsas de plástico.

Por ahora, el balance entre la conveniencia y el probable riesgo para la salud humana juega en favor del vaso de café. Si la ciencia no estuviera ya allí, la opinión pública tampoco lo estaría.

Hay un pequeño rayo de esperanza en medio de este amenazante desastre, uno que oigo con frecuencia cuando hablo con investigadores, uno que muestra que la gente puede cambiar.

Es un ejemplo reciente de algo que obviamente es malo para el planeta y para la gente, y que por muchos siglos fue aceptado como parte normal de nuestro mundo moderno y feliz.

¿Se acuerdan del cigarrillo? Ya no fumamos tanto como antes.

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