El poder de las ideas: la Casa Blanca y la identidad femenina

Enero 22, 2017

Michelle Obama es feminista. Una de las radicales, ha confesado más de una vez. Pero la palabra “radical” en el verdadero feminismo, no tiene absoluta relación con agredir, insultar o irrespetar al oponente intelectual. Una feminista radical  — como también lo soy —  es una mujer que sabe que ni el género, raza, origen étnico, color de piel está por encima de la necesaria equidad entre ciudadanos del mundo. Michelle Obama no solo lo sabe, sino que además construye un discurso de inclusión que no necesita el escándalo, la exageración y la dramatización de la lucha para lograr concientizar y educar.

Quizás por ese motivo, la hoy exprimera dama de EEUU deja a su paso un legado invaluable: el de brindar un rostro poderoso y consistente a la lucha por los derechos femeninos. Michelle Obama no solo es feminista sino también madre y esposa. Y lo es sin que ninguno de sus roles se interpongan en esa convencida concepción sobre el poder de la inclusión y la equidad. Michelle asume la reivindicación desde cierta discreción que resulta casi sorprendente en nuestra época de fama fugaz: sus discursos brillan por un profundo conocimiento de causas y valores que no necesita otra cosa que su elocuencia para conmover. Michelle, que llegó al poder del brazo de un fenómeno de masas como lo fue Barack Obama, encontró un lugar propio en el podio político y lo usó como palestra ideal para demostrar que la vigencia del feminismo sigue intacta y quizás más necesario que nunca.

Cuando un hombre llega a casa después de trabajar y cambia el pañal de su hijo es un héroe. A una mujer que hace lo mismo nadie le dice nada. Cuando un hombre trabaja muchas horas fuera de casa está bien considerado. Una mujer que hace lo mismo es una ambiciosa y no cuida de su familia”, dijo en uno de sus más recordados discursos, durante una visita a España dos años atrás. La primera dama analizó en público ideas que la mayoría de las veces suelen ser menospreciadas o incluso invisibilizadas por incómodas en figuras de su categoría y además les agregó una profunda convicción personal. Trabajé mucho para graduarme en la universidad. Y después conseguí empleos que me encantaban. Todo el mundo me preguntaba cuándo me iba a casar. Y yo no sabía cómo iba a poder mantener mi trabajo y, además, tener hijos”, añadió en el mismo discurso, dejando claro que su trabajo es personal y forma parte de su percepción diaria sobre el rol de la mujer.

No obstante, hay mucho más en Michelle Obama que el simple hecho de ser el rostro hogareño de la que fue hasta hace unos pocos días la pareja más poderosa del mundo. Brillante abogada e intelectual, Michelle llevó durante ocho años su mensaje de equidad a lo largo y ancho del mundo. Lo hizo con una contundencia que sorprendió a quienes esperaban un punto de vista mucho más tibio de una mujer que no debía tener opinión política. O en todo caso, no una propia. Después de todo, la mayoría de las primeras damas estadounidenses han sido personajes invisibles bajo la inevitable sombra del legado histórico del hombre a quien acompañan en el poder. Pero Michelle Obama no solo sacudió esa percepción de la figura de la mujer en las alturas de la política de su país, sino además construyó una nueva dimensión del discurso feminista. Uno lleno de una franqueza que desarma y una intención de trascendencia firme y evidente.

Lo he dicho más de una vez: autodenominarse feminista en nuestra época no es sencillo. Y no lo es porque la palabra parece resumir no solo un tipo de prejuicio muy arraigado en nuestra cultura  — el de la mujer casi masculinizada por el debate ideológico —  sino también el rechazo hacia la idea política de la feminidad. No se trata de un planteamiento simple y la mayoría de las veces se analiza desde cierto rechazo instintivo: la feminista parece encarnar la mujer irascible, insoportable y, sobre todo, incomprensible, que a nuestra cultura ultraconservadora le cuesta digerir y no digamos aceptar.

Por ese motivo, al feminismo se le achaca todo tipo de errores, dolores y sobre todo críticas. Se le acusa de “deformar” lo esencial de la mujer, de “destruir” esa noción sobre la identidad femenina que la cultura idealiza hasta extremos ridículos. Se trata de un punto de vista que parece englobar todo lo que nuestra sociedad desconoce sobre la equidad  — y la necesidad de su defensa —  y también su pertinencia.

Michelle Obama llegó para contradecir la mayoría de esos viejos prejuicios: se trata de una mujer poderosa, con un enorme conocimiento de sus derechos y deberes. Una mujer que es madre, hija y esposa, pero también una abanderada de un planteamiento militante muy específico. Con una deliberada capacidad para analizar el valor de sus ideas, Michelle Obama está consciente de la urgencia de proteger a los grupos y comunidades más vulnerables en el mundo entero. Sabe que la reivindicación de los derechos de la mujer no es un ataque hacia el hombre ni mucho menos una mirada que menosprecia el valor del otro. Se trata de argumentos intelectuales enfrentados a la realidad y a una elemental interpretación sobre la necesidad de evaluar qué necesita la mujer de este siglo para alcanzar la verdadera inclusión social y cultural.

A pesar de las críticas que se pueda achacar a la administración Obama, la opinión general es que Michelle deja una herencia perdurable en su manera de analizar el feminismo como una necesidad cotidiana. Evitó los lugares comunes de la discusión política sobre el tema y eso le permitió llevar al feminismo a las escuelas, calles y al entorno doméstico a pesar de las corrientes ideológicas en contra. Con una habilidad que desconcertó a sus críticos, Michelle logró que adolescentes y mujeres del mundo entero fueran un poco más conscientes de sus derechos y sobre todo de la necesidad inmediata de asumir posición política y moral sobre la defensa de su identidad e individualidad. Por extraño que parezca, lo logró sin dar jamás una rueda de prensa, a pesar de sus buenas relaciones con periodistas y periódicos. Para Michelle el mensaje fue tan poderoso como el medio: eligió de manera estratégica medios de comunicación no tradicionales para difundir su mensaje. De pronto, esta primera dama elegante, articulada y accesible parecía estar en todas partes. Estos han sido los temas que he elegido, mis opciones, y decidí abordarlos de la forma que sentía más auténtica para mí, ha explicado, una forma que era sustancial y estratégica pero también divertida y espero que inspiradora”.

Lo que hace eficaz el planteamiento de Michelle Obama no es otra cosa que su profundo conocimiento sobre lo que es el feminismo y lo que puede ser. Michelle lleva falda, maquillaje y no tiene reparo en mirarse en el espejo con patrones estéticos. Tampoco teme abordar temas incómodos y hacerlo con un profundo conocimiento sobre el valor de las ideas que propone. Porque Michelle Obama demuestra y sabe que no necesitas otra cosa que convicción, esgrimir el poder de tus ideas, conocimientos académicos y específicos sobre los derechos de la mujer para asumir la responsabilidad de defenderlos. Todo lo demás es accesorio.

Michelle Obama además demostró un tipo de franqueza de cara al público que revolucionó la forma como la mayoría de las mujeres se manejan frente al poder. Tal y como apuntó la escritora Chimamanda Ngozi Adichie en su artículo en el periódico The New York Times dedicado a la primera dama, Michelle decidió enfrentar la súbita visibilidad pública con una sinceridad apabullante. Y es cierto: Michelle atravesó ocho años de una administración compleja diciendo exactamente lo que pensaba y sonriendo solo cuando debía hacerlo. El resultado fue una percepción sobre la primera dama caricaturizada por los extremos: llevó a cuestas los viejos tópicos del feminismo y se le acusó de “mal carácter”, “mandona” y “celosa”. Pero Michelle no solo ignoró los epítetos sino que demostró que su particular forma de comprender el poder  — y el discurso político —  superaba con creces el estereotipo.

¿En que se beneficia el feminismo actual de la figura de Michelle Obama? Más de una vez, el evidente acento reivindicativo en los discursos y opiniones de Michelle fueron criticados por “blandos”, sobre todo en medio de una diatriba mundial que reclama posiciones encontradas y un enfrentamiento directo. Pero la primera dama no solo se negó a complacer la noción fanática sobre la militancia feminista sino que insistió en su visión reposada y consecuente. Con una seguridad que sorprendió a unos y otros, Michelle supo encontrar un tono de firmeza que trascendió la discusión sobre su papel y desempeño, lo que convirtió su huella histórica en algo más que simbólica.

Es esa misma ecuanimidad a toda prueba lo que la llevó a participar activamente en la campaña de Hillary Clinton contra Donald Trump. Con una firmeza certera y un discurso brillante, Michelle no solo apoyo a la candidata demócrata, sino que enfrentó el talante misógino y violento del republicano. Con una elegancia intelectual que sorprendió a su rival y a su país, logró dejar claro que, a pesar del avance del discurso machista y de claro menosprecio a la mujer  — y su posterior triunfo—, el legado de Michelle Obama continúa siendo poderoso y, más allá de eso, perdurable.

Michelle se retira de la arena pública y deja a su paso un nuevo tipo de feminismo: audaz, moderno y enfocado en la lucha por los grandes planteamientos e ideas. Quizás Michelle Obama no hizo todo lo que pudiera habérsele exigido desde su posición política pero es innegable que su aporte a la nueva generación de las mujeres que intentan reivindicar su lugar cultural y social es enorme. En una época en la que la misoginia es una amenaza latente, la primera dama estadounidense demostró que aún hay razones y profundas convicciones para enfrentar la exclusión y la discriminación. Millones de mujeres alrededor del mundo le agradecen recordarlo. También lo hago.

Loading...

Lo Más Visto

Loading...