El Supremo de Estados Unidos desencadena otra guerra política

Febrero 01, 2017

A este paso, el Mall de Washington -el parque que ocupa el centro de la capital estadounidense- va a tener que cambiar de nombre y pasar a llamarse 'el Manifestódromo de Washington'. Esta vez, la causa es el nombramiento por el presidente de EEUU, Donald Trump, de Neil Gorsuch para el Tribunal Supremo. La noticia no ha causado sorpresa. Gorsuch es un conservador en materia económica y social, y, además, es joven, ya que tiene 49 años.

El Supremo de EEUU tiene un poder inimaginable en otros países. Sus nueve miembros no responden ante nadie, son vitalicios, y, literalmente, interpretan la Constitución. El aborto, el matrimonio homosexual, la abolición de la pena de muerte para menores de edad, el final de la discriminación racial (y, antes, el inicio de la discriminación racial) han sido decididos por el Supremo de ese país. Es una institución que "ocupa un lugar casi místico en la iconografía estadounidense", como declaró ayer en una columna para la agencia Bloomberg el profesor de Derecho de la Universidad de Yale Stephen L. Carter.

En la actualidad, el Supremo tiene 4 republicanos y 4 demócratas, desde que en febrero pasado, el conservador Antonin Scalia murió, aunque el entonces candidato Donald Trump sugirió que había sido asesinado, asfixiado con una almohada mientras dormía en Texas. Desde entonces, y en una decisión sin precedentes, los republicanos del Senado se han negado a ni siquiera conceder una audiencia a Merrick Garland, el centrista al que Obama nominó como sucesor de Scalia. Precisamente, de los 21 posibles nombres que Trump había declarado que estaba considerando para el cargo, Gorsuch es el que sigue una trayectoria judicial más cercana a la de Scalia.

Así que ahora el líder demócrata del Senado, Chuck Schumer, debe decidir si hace lo mismo que los republicanos: bloquear el nombramiento de Gorsuch. Los demócratas no tienen controlan la cámara, pero tiene n una minoría de bloqueo con la que torpedear el nombramiento del candidato de Trump y dejar que el Supremo siga con 8 miembros. Otra cosa, claro está, es que se atrevan a ello.

Con esa decisión, Trump logra dos cosas. Por un lado, plantea un juez que es, más que conservador, republicano, lo que hace a Gorsuch más aceptable por ese partido que, por ejemplo, William Pryor, que ha mostrado más independencia.

Pero la más evidente es la juventud de Gorsuch. Si el candidato propuesto por Trump es ratificado por el Senado, los conservadores estadounidenses tendrán prácticamente asegurado el control del Supremo durante un cuarto de siglo. Eso se deba a dos tipos de leyes. Una, la Constitución de EEUU, que establece que los jueces del Supremo son vitalicios. La otra, la de la Biología, porque los jueces de izquierdas del Supremo tienen mucha más edad que los de derechas. La ídolo de los demócratas, Ruth Bader Ginsburg, cumple 84 años en un mes y medio; otro de los que se alinean con ella, Stephen Breyer, tiene 75 años; y el republicano moderado Anthony Kennedy tiene 80 años.

Así pues, es de prever que los próximos jueces en ser reemplazados sean demócratas, o Kennedy, que actúa como balance de unos y otros.

Gorsuch es un conservador en todo lo necesario. Se opone al aborto, y a que el Estado obligue a las empresas privadas a proveer planes de salud a sus empleados que tengan forzosamente que incluir entre su cobertura métodos de control de la natalidad. Es favorable a la desregulación de la economía, y a la pena de muerte. Y está claramente a favor de que los estados de EEUU tengan el máximo poder posible, algo que tradicionalmente se sitúa dentro de las interpretaciones conservadoras de la Constitución (por ejemplo, el mantenimiento de la esclavitud fue defendido sobre la base del poder de los estados). Entre las pocas ocasiones en las que Gorsuch ha violado esas reglas está, evidentemente, cuando Washington era más de izquierdas que los estados, como fue un caso que enfrentó a la petrolera californiana Chevron con los reguladores de ese estado y con la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EEUU (EPA, según sus siglas en inglés).

El nombramiento del noveno juez del Supremo, vacante desde la muere de Scalia, ha sido una de las claves de la elección de Donald Trump. Haciendo gala de un formidable instinto político, el millonario neoyorkino giró a la derecha hace un año al defender la necesidad de "bloquear, bloquear, y bloquear" el nombramiento de Garland hasta que un presidente republicano pudiera nombrar a un conservador. Ese movimiento le garantizó el apoyo de la comunidad evangélica, que no veía con buenos ojos a un multimillonario de Manhattan, casado tres veces y estrella de 'reality shows'.

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