La UE: "Queremos tener buenas relaciones con Estados Unidos"

Febrero 04, 2017

Los líderes europeos señalan en la Cumbre de Malta que aunque hay que "preservar los valores europeos", "lo más sensato, lo más razonable" es "proteger la relación" con Washington

Los líderes de la UE se reunieron el viernes en Malta, uno de los países más religiosos de Europa. Y como buenos cristianos, tras apenas unas horas de charla, se pusieron de acuerdo para ofrecerle a Donald Trump la otra mejilla. Tras las continuas provocaciones y faltas de respeto de la nueva administración estadounidense, que en apenas dos semanas se ha congratulado de la ruptura de la Unión, ha atacado a Alemania y al Euro y sigue jugando con la idea de nombrar a un representante permanente que compara al continente con la antigua URSS, Bruselas sacó tímidamente la cabeza. Fue el presidente del Consejo, Donald Tusk, apelando al "orgullo europeo" y diciendo lo que todos piensan en privado, que Trump es una "amenaza". La ligereza duró dos días: el viernes, en La Valeta, los líderes dejaron sólo a Tusk, desautorizaron su carta y su iniciativa y apostaron por mirar para otro lado esperando que Washington baje el tono.

La escenografía fue casi perfecta. Salieron todos a sus ruedas de prensa siguiendo el paso de Angela Merkel y su proverbial paciencia. La canciller repudia más que nadie a Trump, su fondo y su forma, y es el país que más está sufriendo sus envites, pero Merkel es también la que mejor entiende la geopolítica y cree que hay muy poco que ganar en una competición de bravuconería.

Por eso Merkel, Rajoy, Juncker y hasta el propio Tusk, humillado, bajaron muchos graves del discurso. O el argumentario, porque se sincronizaban palabra por palabra. "Habrá cosas en las que estaremos de acuerdo, como en la lucha contra el terrorismo, y otras en las que no", dijo la canciller y repitió Rajoy minutos después. Merkel no quiso una rendición completa y defendió, firme como ella sabe, que "luchar contra el terrorismo no justifica hacer sospechosos a gente por su origen", pero su decisión es evidente: ni provocar ni aceptar las provocaciones. "No me siento amenazado por Trump", dijo Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión. "La única amenaza real es si estamos suficientemente unidos ante la nueva situación geopolítica", se escuchó a sí mismo hablando un desconocido Tusk. "La principal prioridad política es proteger nuestra relación con EEUU contra sus enemigos" defendió quien horas antes intentó alentar la rebelión.

En vez de enfrentarse como al "adolescente rebelde" que es Trump, según una alta fuente europea, han optado "por tratarle como a un niño pequeño", soportando la rabieta mientras se lo 'educa'. "Trump no conoce la UE en detalle, y los detalles cuentan mucho aquí", afirmó el presidente de la Comisión, tan optimista como alejado del sentir de 500 millones de europeos en cada una de sus intervenciones.

Lo cierto es que pese al acuerdo de Malta y a esa "posición común" hay dos problemas. El primero, que no hay una voz única. Si Trump ataca no hay nadie para responder en nombre de los 28 ni un discurso articulado. La segunda, que ni siquiera todos están de acuerdo. El primer ministro belga, Charles Michel, advirtió a los partidarios del apaciguamiento que los enormes riesgos de la jugada y puso sus líneas rojas: "No quiero ver una Europa cuyos ciudadanos sean juguetes de Trump y Putin". Y avisó a quienes, en evidente referencia a Reino Unido, se alegran de haber visto llegar a Trump, "pues verán como les deja también tirados un día".

Igual de contundente fue el presidente saliente francés François Hollande, el que menos tiene que perder. A la entrada y la salida dejó patente su disconformidad. "Trump no tiene que meterse en la vida de Europa" afirmó. "No puede aceptarse que haya, a través de determinadas declaraciones del presidente de EEUU, una presión sobre lo que debe ser Europa o dejar de ser".

Los presentes quisieron convertir lo que es una profunda cuestión de valores y estrategia en algo semántico. "Tenemos diferentes temperamentos, diferentes formas de expresarnos", quiso matizar el presidente del Consejo, "pero sólo un objetivo, proteger la dignidad europea". En la misma línea lo intentó Mariano Rajoy: "Es la primera vez que se ha hablado de este asunto, no había propiamente una posición por parte de todos. Hay gente que escribe o habla de forma más contundente. Tenemos que preservar los valores, pero dicho eso queremos tener buenas relaciones con EEUU. Es lo más sensato, lo más razonable".

Realismo puro y duro, lo que pedían a gritos los embajadores frente al triunfalismo de quienes prefieren plantar cara. A la UE le falta perfilar la línea de defensa o de contraataque. La llamada a la unidad es lógica e indispensble, pero los más escépticos entienden que Trump no va a cambiar su forma de ser y de actuar y que para trabajr con él lo primero es lograr respeto, algo que nadie sabe cómo lograr. Quizás el resumen más sincero e impotente de estas dos posiciones fue el de la lituana Dalia Grybauskaitè, una de las políticas más incisivas e irónicas en cada encuentro. "No creo que haya necesidad de tender puentes. Con los americanos nos comunicamos por Twitter", comentó ante los medios, una broma y una resignación.

La parte más sencilla de la Cumbre fue sin embargo la de inmigración y Libia. Tras dos años de enfrentamientos durísimos sobre el tema de los refugiados y las fronteras, los países han encontrado posiciones bastante comunes, al menos sobre lo que llaman "inmigrantes económicos": no tienen cabida.

Los gobernantes aprobaron sin problemas una declaración sobre cómo abordar, o mejor dicho, cerrar a cal y canto la "ruta del Mediterráneo central", un documento de nueve puntos que será la hoja de ruta de los próximos meses. Un texto rechazado por decenas de ONG y visto con preocupación por la ONU pero vendida por sus firmantes como casi un homenaje a quienes han muerto en el mar en los últimos meses intentando cruzar a Europa.

"Habida cuenta de los centenares de personas que ya han perdido la vida en 2017 y acercándose la primavera, estamos decididos a tomar medidas adicionales para reducir significativamente los flujos migratorios a lo largo de la ruta del Mediterráneo central y para desarticular el modelo de negocio de los traficante", explica la declaración. "La urgencia de la situación requiere nuevas medidas operativas inmediatas a nivel regional, adoptando un enfoque pragmático, flexible y adaptado a cada situación", lo que implica de facto trabajar (dar dinero) a Libia para que frene las salidas. Como se hizo con Turquía, lo que sirvió para reducir un 98% las llegadas.

"En Libia, el desarrollo de capacidades es fundamental para que las autoridades adquieran el control sobre las fronteras terrestres y marítimas y para combatir las actividades de tránsito y contrabando", explica el acuerdo. Y para ello, para cubrir las necesidades de financiación "más urgentes en estos momentos y a lo largo de 2017, nos congratulamos de la decisión de la Comisión de activar, como primera medida, un tramo de 200 millones de euros", una cantidad insuficiente a medio plazo, pero que supone un primer paso.

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