Una miniguerra mundial en el tablero sirio

Abril 07, 2017

El primer ataque directo de Estados Unidos contra el Ejército sirio en el aeropuerto militar de Shayrat abre un nuevo frente en Siria, un conflicto en el que conviven diferentes guerras de forma simultánea. Estados Unidos, que bombardea el país desde el verano de 2014 cuando arrancó su lucha contra el «califato» del grupo yihadista Daesh, añade al Ejército sirio como nuevo enemigo y complica aún más un mapa en el que las grandes potencias mundiales y regionales dirimen sus diferencias políticas y religiosas. Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, rusos, a favor del Gobierno, y estadounidenses, aliados de los kurdos y con el objetivo prioritario de acabar con Daesh, tienen desplegados a sus ejércitos en el mismo país, mientras que iraníes y saudíes se disputan el control de Damasco, considerado el corazón de Oriente Próximo. El primero es un pulso por la hegemonía en la región, el segundo es el duelo entre las dos sectas más importantes del islam, la batalla sectaria entre chiíes y suníes, mayoritarios en Siria, que desde la invasión estadounidense de Irak en 2003 desangra a la región y que ahora se extiende también a Yemen.

Lo que comenzó como un alzamiento popular contra el presidente Bashar Al Assad (perteneciente a la minoría alauí, una rama del chiismo), en el marco de las «primaveras árabes» de 2011, se convirtió a los pocos meses en guerra abierta y los actores externos siempre estuvieron presentes. Los grupos armados de la oposición contaron desde el primer momento con el apoyo de Jordania y, sobre todo, Turquía, país que además abrió sus fronteras a la llegada de yihadistas de todo el mundo para sumarse al sueño de un califato exportado desde el vecino Irak. El objetivo era derrocar a Assad y todo valía. La oposición siria se concentró al principio en el Ejército Sirio Libre, formado sobre todo por desertores y pendiente siempre de las promesas de Occidente. Pero ni Estados Unidos, ni Europa vieron clara esta alternativa al Gobierno de Damasco y el vacío no tardaron en llenarlo donantes del Golfo, de marcado carácter religioso, que islamizaron de forma radical a la oposición hasta convertir al Frente Fatah Al Sham, brazo de Al Qaida en Siria, en el grupo más fuerte.

Las dudas de Washington y Bruselas contrastan con la determinación de Moscú y Teherán, los dos grandes aliados militares y diplomáticos de Assad desde el comienzo. Cuando las cosas se pusieron difíciles para el mandatario sirio, los iraníes movilizaron a la milicia libanesa de Hizbolá y trajeron al país a milicianos chiíes de Afganistán e Irak y todos ellos han resultado claves en las distintas batallas en las que han tomado parte, desde la del Qalamun, en 2013, hasta la de Alepo, en diciembre. Irán necesita contar con un Gobierno amigo en Siria para proteger el eje que forman Teherán, Bagdad, Damasco y, sobre todo, Beirut, una amenaza permanente en la frontera de Israel.

Rusia entró de forma directa, con aviones y soldados sobre el terreno, en la guerra en octubre de 2015. Dos años después de evitar in extremis la intervención militar de EEUU tras obligar a Assad a entregar su arsenal de armas químicas. Barack Obama optó entonces por el diálogo y no atacó al Ejército Sirio, aunque había marcado el uso de sustancias prohibidas como su «línea roja». El martes, las imágenes que salieron de Jan Sheijún fueron toda una prueba para Trump y este, a diferencia de su antecesor, no dudó a la hora de lanzar 59 misiles Tomahawk. Un gesto de fuerza que cambia el rol estadounidense en una región en la que Rusia ha ocupado el lugar abandonado por Obama.

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