Nicolás Maduro se metió en un callejón sin salida con la Asamblea Constituyente

Junio 13, 2017

Pedro Benítez

La Constituyente tiene tantos inconvenientes que no hay manera de que termine bien. Pero si el presidente de Venezuela retrocede, al día siguiente esa parte del país que está movilizada en la calle le pide la renuncia. Derrotar este propósito sería una enorme victoria popular que envalentonará a sus adversarios.

No faltará quien diga que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se inventó la Asamblea Nacional Constituyente para ganar tiempo. ¿Tiempo para qué?, se pregunta uno. Lo cierto es que Maduro ha tenido siempre un propósito en mente: mantenerse en el poder más allá de enero de 2019. Esto es algo que nunca podemos perder de vista.

Por eso bloqueó, con la asistencia del Consejo Nacional Electoral (CNE), el referéndum revocatorio en 2016; por eso inhabilitó al gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles; por eso mantiene preso al fundador de Voluntad Popular, Leopoldo López; por eso la maniobra de validación contra todos los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática, MUD (también por medio del CNE), para dejarlos en un limbo legal y eventualmente inhabilitarlos. Todas estas operaciones políticas se las iba a repetir a cualquier otro candidato o partido que asomara la cabeza con posibilidades de victoria electoral, porque lo que Maduro ha estado buscando es una oposición a su medida que pueda derrotar y dominar con facilidad. Pero como suele suceder en política, los resultados son distintos a los planes iniciales.

Es lo que está ocurriendo ahora. Cuando Maduro se dio cuenta de que todas las argucias anteriores no le eran suficientes sacó del sombrero la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. Cambiar radicalmente las reglas del juego para garantizarse ganar elecciones con menos votos, de paso sacarse de encima a esas dos molestias que son la Asamblea Nacional y la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, y represión contra aquellos a quienes no les guste el plan.

Sin embargo calculó mal. Calculó mal la intensidad de la reacción popular y la reacción dentro de sus propias filas, donde la procesión iba por dentro.

Con una ingenuidad realmente sorprendente el Gobierno le ha apostado todo a los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap). Parece que de verdad se creyeron su propio cuento según el cual estos comités podrían, si no satisfacer, al menos amortiguar el hambre y el malestar social derivados de la profunda crisis económica.

Los Clap se han convertido en un factor de irritación popular que pone de manifiesto toda la corrupción, toda la ineficacia, toda la manipulación de la que es capaz el aparato político del chavismo. Cada vez son más (y serán más) las barriadas pobres que salen a las calles a protestar por falta de alimentos y mezclan su protesta con la causa opositora. El populismo tiene sus límites cuando la economía va mal, por eso siempre fracasa. Por otro lado, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no ha podido construir, como está quedando en evidencia, un aparato de control político como el que existe en Cuba.

No hay forma ni manera de enfrentar un desastre social como el que acontece en Venezuela repartiendo cajas y bolsa de comida, y menos con un Estado tan ineficiente y deshonesto como el chavista.

En realidad, Maduro ha mantenido dos frentes abiertos, el económico y el político. No está ganando en ninguno.

La elección de la Constituyente está pautada justo en el momento en el cual la crisis de abastecimiento e inflación va a recrudecer por falta de divisas. Lo que ha hecho Nicolás Maduro es desperdiciar tiempo.

Supongamos que hubiera aprovechado todos estos meses que ganó con maniobras al margen de la ley para recuperar la economía, cosa que por cierto hizo Hugo Chávez con la asesoría del ministro de Finanzas Tobías Nobrega entre 2003 y 2004, apoyado, sí, en la subida de los precios del petróleo. Digamos que la situación de Maduro muy probablemente sería otra de haber atendido los consejos económicos de algunos de sus exministros. Tendría en marcha otro proyecto autoritario pero con perspectivas económicas; el modelo Nicaragua.

Pero descontando el hecho de que no ha tenido la misma suerte de su antecesor con el mercado mundial de hidrocarburos (tampoco le ha ido tan mal como afirma la propaganda oficial), lo de Maduro es de una absoluta incompetencia económica y eso le tiene que pasar factura política.

Y si todo lo anterior no fuera suficiente, además tiene una parte de la población movilizada en su contra que no cede, no se rinde y no se atemoriza. Nadie en el Gobierno y pocos en la MUD sospecharon que las protestas se iban a extender por tantas semanas. Al convocar su Constituyente, Maduro le lanzó más gasolina a la candela y de paso le dio alas a la disidencia dentro del propio chavismo, justo cuando necesita de más apoyo interno.

Hoy hasta los más leales dentro del aparato político-militar se están preguntado a dónde les lleva todo esto. La respuesta es sencilla: a un callejón sin salida.

 

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